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jueves, 11 de noviembre de 2010

La valla

Al igual que todos los días desde hacía mucho, la valla, aquella valla que separaba dos culturas tan diferentes, se erguía majestuosa en la desolada planicie.

Ousmane, natural de Senegal, había partido hacía más de un año junto a varios compañeros de su país en busca de un futuro mejor lejos de su tierra natal.
Y hoy, por fin, tras muchas dificultades en su viaje y largas jornadas de sufrimiento, habían llegado a su destino: la valla, la frontera, la última barrera que les separaba de su futuro.
Escondido entre la maleza segura del bosque próximo a la valla, Ousmane observaba, al igual que sus compañeros de viaje, el movimiento de aquellos centinelas que impedían el paso hacia una vida mejor.
¡Sorpresa! En un momento de descuido, aquel grupo de personas se abalanzó sobre la verja, trepando, escalando, desgarrándose la ropa, raspándose la piel... intentando atravesar la única frontera que les separaba de un mundo de oportunidades.
Por fin, lo había conseguido. Ousmane se levantó del suelo, esperanzado, esperando que los hombres que corrían hacia él llegaran a su posición.
Mientras le sujetaban los brazos, ignorando el dolor de sus heridas, volvió la cabeza hacia la valla: su mirada se cruzó con los ojos de sus compañeros, al otro lado de la verja, tristes, desesperados al no haberla podido cruzar junto a él...
"Qué difícil es superar las barreras de la vida, mientras tus compañeros caen en ellas".

¿Verdad que es duro saber que situaciones
como esta ocurren día a día?

martes, 9 de noviembre de 2010

La tormenta

Es una noche de tormenta. La lluvia inunda las calles ahí afuera. Los gatos huyen aterrados ante la presencia del agua y el sonido de los truenos. Yo estoy en mi casa, sentada en el suelo, viendo resbalar lentamente las gotas de agua por la ventana.

A través del cristal, veo las calles de mi ciudad, un paisaje desolador: pobreza y miseria por las calles, se respira tristeza y resignación por los rincones.

Me llamo Marta, tengo doce años y mi papá se fue hace mucho tiempo. Dijo que tenía que buscar un futuro mejor para nosotros, que aquí no existían apenas oportunidades y que no quería este tipo de vida para su familia.

Pero hace ya cuatro años que mi papá marchó y aún no ha vuelto. Antes de irse, nos dijo que cuando encontrara un buen lugar y se estabilizara, vendría a buscarnos y llevarnos con él.

Todavía no ha llegado el momento, dice, pero yo quiero reunirme con él. Le echo mucho de menos y me siento muy sola. No me gusta ver a mi familia separada.

Mientras las lágrimas caen por mi rostro, intento que el agua se lleve mi tristeza, porque sé que llegará el día en que mi papá regrese, nuestra familia se vuelva a reunir y tengamos un futuro mejor.

Pero hasta entonces, sólo me queda confiar en mi padre, en su capacidad, en el amor que nos tiene. Recuerdo sus últimas palabras antes de marchar: "por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes".

¿Cuántas veces nos quedamos en la tormenta
sin creer que luego saldrá el sol?

jueves, 28 de octubre de 2010

La dureza de la inmigracion. Parte 3

Continuando con mi serie de entradas referentes a la inmigración, escribo ésta, la última, con el fin de describir una imagen en la que sólo aparecen niños, intentando resaltar aquellos detalles que puedan pasar desapercibidos.


Objetivamente: En esta imagen aparecen las figuras de tres niñas y un niño, con rasgos asiáticos.
Las dos niñas más cercanas a la cámara tienen la mirada desviada del objetivo y parecen comer algo.
La niña que está situada más atrás, que parece ser la de mayor edad por su elevada altura, está mirando directamente a la cámara y se está mordiendo los labios.
Por último, el niño más pequeño tiene el ceño fruncido y está mirando hacia un punto detrás de la cámara.
Los cuatro niños llevan ropa de abrigo, aunque sucia y algo vieja.
Los cuatro protagonistas de la fotografía se encuentran delante de una montaña cubierta de vegetación, en un prado con hierba.
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Subjetivamente: La fotografía causa una sensación de desamparo y pobreza.
En la cara de estos niños se pueden leer sentimientos como tristeza, abandono, desesperanza... sobretodo en la niña más mayor y en el niño pequeño.
Ellos dos parecen estar a punto de llorar ante la miseria que les rodea; las dos niñas medianas parecen estar indiferentes ante su situación.
Sin embargo, la cara de estos niños refleja el dolor, el dolor del pasado pero también del presente; una situación de pobreza difícil de cambiar.
Una situación en la que deben comportarse como personas mayores porque, a pesar de que en la fotografía se ve a unos niños, la realidad, desgraciadamente, es que ya no son tan niños.
¿Qué sentimientos despierta en vosotros esta imagen?

domingo, 17 de octubre de 2010

...y otra de arena

Hola de nuevo. Hoy estoy muy triste. Hoy es el día que más solo me siento y más añoro mi familia y mi pueblecito.
Si la anterior entrada fue para contarles una jornada llena de alegrías y que recordaré siempre, ayer sábado fue un día para olvidar. Como cualquier pequeño dinero fortalece mi humilde economía, decidí trabajar en el bar los fines de semana también, a pesar del gran sacrificio que me supone. Ayer, mientras atendía las mesas por la mañana, me ocurrió algo que nunca imaginé que pudiera sucederme a mí.

Todavía no tengo mucha experiencia y mi dominio con la bandeja es muy limitado, por lo que aún me cuesta servir rápido las mesas. Con mi inexperiencia, llevaba en la bandeja dos cervezas y un plato de jamón serrano. Caminaba despacio hasta la mesa cinco, donde me esperaban dos chavos jóvenes, mirándome con impaciencia. Aquellas miradas me pusieron aún más nervioso y entonces sucedió. Mi pie tropezó con el suelo y mi bandeja se desestabilizó, cayendo las cervezas en los pantalones de uno de los dos chicos. Se levantó furioso, gritando una gran cantidad de improperios, todos refiriéndose a la inmigración y a que debería volver a mi país.
Asustado y avergonzado, intenté recoger lo que había tirado, pero el chavo me apartó dándome un empujón y marchó del local, maldiciéndonos en voz alta. La encargada del bar acudió rápidamente a la mesa y me dio la tarde libre, al ver el estado en el que me encontraba.
¿Se pueden imaginar lo avergonzado que me pude sentir? Mi jefa pareció entenderme, pero también leí en su mirada una cierta sensación de reproche. No podía permitirse perder dos clientes, me dijo. Sólo fue un accidente, ¿de verdad era necesario reaccionar de esa manera?

Como un gato asustado, volví a mi habitación del piso de estudiantes con la cabeza gacha, avergonzado, triste, desesperado e impotente al ver cómo la sociedad te da la espalda, cómo pone la zancadilla en tu camino y te impide levantarte tras la caída. Me entristece comprobar que las personas, cada vez somos menos personas.
¿Creéis que si hubiera sido español
esta situación hubiera ocurrido?