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martes, 9 de noviembre de 2010

La tormenta

Es una noche de tormenta. La lluvia inunda las calles ahí afuera. Los gatos huyen aterrados ante la presencia del agua y el sonido de los truenos. Yo estoy en mi casa, sentada en el suelo, viendo resbalar lentamente las gotas de agua por la ventana.

A través del cristal, veo las calles de mi ciudad, un paisaje desolador: pobreza y miseria por las calles, se respira tristeza y resignación por los rincones.

Me llamo Marta, tengo doce años y mi papá se fue hace mucho tiempo. Dijo que tenía que buscar un futuro mejor para nosotros, que aquí no existían apenas oportunidades y que no quería este tipo de vida para su familia.

Pero hace ya cuatro años que mi papá marchó y aún no ha vuelto. Antes de irse, nos dijo que cuando encontrara un buen lugar y se estabilizara, vendría a buscarnos y llevarnos con él.

Todavía no ha llegado el momento, dice, pero yo quiero reunirme con él. Le echo mucho de menos y me siento muy sola. No me gusta ver a mi familia separada.

Mientras las lágrimas caen por mi rostro, intento que el agua se lleve mi tristeza, porque sé que llegará el día en que mi papá regrese, nuestra familia se vuelva a reunir y tengamos un futuro mejor.

Pero hasta entonces, sólo me queda confiar en mi padre, en su capacidad, en el amor que nos tiene. Recuerdo sus últimas palabras antes de marchar: "por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes".

¿Cuántas veces nos quedamos en la tormenta
sin creer que luego saldrá el sol?

miércoles, 27 de octubre de 2010

La dureza de la inmigración. Parte 2

En esta entrada, comentaré y describiré los detalles de otra fotografía referente a la inmigración. Pero, en esta ocasión, se trata de una imagen con únicamente mujeres como protagonistas.


Descripción objetiva: En esta imagen se pueden apreciar varios planos.

En un primer plano, se ven las figuras de dos mujeres, de cintura para arriba, con la cabeza gacha y unas mantas cubriendo casi totalmente sus cuerpos, dejando únicamente al descubierto sus caras.

En un segundo plano, aparece la figura de otra mujer, al igual que las otras dos, cubierta totalmente.

Por último, en un plano largo, se distingue la silueta de la última mujer de la imagen, también tapada con una manta, aunque dejando al descubierto parte de sus piernas.

Estas cuatro mujeres parecen estar en un camino, con rastrojos y pequeños árboles a los lados, bajo un cielo cubierto de nubes y el resplandor del sol en el horizonte.

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Descripción subjetiva: En esta imagen se pueden captar las sensaciones y emociones que tienen estas mujeres dentro de su ser.

A pesar de que apenas se distinguen sus caras, sí se puede adivinar cómo la tristeza, el desamparo, la resignación y la desesperación hacen mella en su estado de ánimo; cómo, a pesar de que se mantienen firmemente en pie, parecen estar a punto de caer al suelo.

Manteniendo la esperanza, estas mujeres avanzan por el camino, su camino, sin un destino fijado, con la vista en el horizonte, sin mirar atrás, intentando olvidar las desgracias que han sufrido y pensando en el futuro, un futuro que les pertenece: SU futuro.

¿Qué piedras creéis que se encontrarán en este camino?

jueves, 21 de octubre de 2010

Intentando adaptarme

Hola otra vez. Llevo ya bastante tiempo en España y creo que voy acostumbrándome a su forma de vida. Todavía me cuesta un poco entender todo lo que los profesores hablan en clase, ya que en mi país utilizamos otro tipo de palabras.
Es un estilo de vida diferente al de mi pueblo. Siempre que paso por algunas calles de Madrid pienso en este hecho. Todo el mundo tiene prisa, hay demasiado ruido, no hay lugar para la tranquilidad y la relajación: aunque tu te pares, la ciudad sigue avanzando, sin percatarse de tu existencia, arrastrándote con ella.

En mi pueblecito todo era muy distinto: la gente caminaba con tranquilidad por las calles de arena, saludando a cualquier persona con la que se cruzaban, todo era una gran familia. No había lugar para un mal gesto ni una mala contestación, todos nos conocíamos y nos ayudábamos.
Recuerdo que cuando era pequeño, solía jugar con mis amigos en la calle, mis padres no se preocupaban de que estuviera solo. En cambio, en Madrid, es muy peligroso dejar a los niños solos en las calles; puede ocurrir cualquier desgracia.

También me ha sorprendido en qué emplean el tiempo libre mis compañeros de carrera. A mí me gusta leer un buen libro, ir al cine, pasear por el campo o caminar solo pensando...

Sin embargo, aquí en España parece que lo normal es hacer una cosa que se llama "botellón", que parece ser que es irse a un parque o en la misma calle y beber alcohol hasta que no quieres más o, sencillamente, no puedes más. No entiendo esa forma de diversión. Según me han contado, lo normal a esta edad es hacer eso: hacer botellón, irse de fiesta, salir por la noche...

Pero pienso yo, ¿quién ha impuesto esta "moda"? ¿Por qué la sociedad tiene que moldearme de esta manera?

¿De verdad tienen derecho a decidir el rumbo de mi vida?

domingo, 17 de octubre de 2010

...y otra de arena

Hola de nuevo. Hoy estoy muy triste. Hoy es el día que más solo me siento y más añoro mi familia y mi pueblecito.
Si la anterior entrada fue para contarles una jornada llena de alegrías y que recordaré siempre, ayer sábado fue un día para olvidar. Como cualquier pequeño dinero fortalece mi humilde economía, decidí trabajar en el bar los fines de semana también, a pesar del gran sacrificio que me supone. Ayer, mientras atendía las mesas por la mañana, me ocurrió algo que nunca imaginé que pudiera sucederme a mí.

Todavía no tengo mucha experiencia y mi dominio con la bandeja es muy limitado, por lo que aún me cuesta servir rápido las mesas. Con mi inexperiencia, llevaba en la bandeja dos cervezas y un plato de jamón serrano. Caminaba despacio hasta la mesa cinco, donde me esperaban dos chavos jóvenes, mirándome con impaciencia. Aquellas miradas me pusieron aún más nervioso y entonces sucedió. Mi pie tropezó con el suelo y mi bandeja se desestabilizó, cayendo las cervezas en los pantalones de uno de los dos chicos. Se levantó furioso, gritando una gran cantidad de improperios, todos refiriéndose a la inmigración y a que debería volver a mi país.
Asustado y avergonzado, intenté recoger lo que había tirado, pero el chavo me apartó dándome un empujón y marchó del local, maldiciéndonos en voz alta. La encargada del bar acudió rápidamente a la mesa y me dio la tarde libre, al ver el estado en el que me encontraba.
¿Se pueden imaginar lo avergonzado que me pude sentir? Mi jefa pareció entenderme, pero también leí en su mirada una cierta sensación de reproche. No podía permitirse perder dos clientes, me dijo. Sólo fue un accidente, ¿de verdad era necesario reaccionar de esa manera?

Como un gato asustado, volví a mi habitación del piso de estudiantes con la cabeza gacha, avergonzado, triste, desesperado e impotente al ver cómo la sociedad te da la espalda, cómo pone la zancadilla en tu camino y te impide levantarte tras la caída. Me entristece comprobar que las personas, cada vez somos menos personas.
¿Creéis que si hubiera sido español
esta situación hubiera ocurrido?